miércoles, 5 de enero de 2011

La Felicidad (¿felicidad?) paradójica, ... pero no tan paradójica...




“Los motores del hiperconsumo son múltiples y sus funciones <terapeúticas> o secundarias no llegan a agotar su sentido. No por ello son menos fundamentales. Sucedáneo de la vida a la que se aspira, el hiperconsumo crece conforme se multiplican las <conciencias desdichadas> y la dirección del mundo parece escapar al control de los hombres”   Guilles Lipovetsky (2006, p.280)

y bueno, el primer libro del año fue además un buen libro. Si tuviera que calificarlo del uno al cinco, debido a mi obsesión por evaluar, le daría un cuatro (je,je, lo cual no deja de ser un poco insolente) . Se titula “La Felicidad Paradójica” (“Le Bonheur Paradoxal”) de Gilles Lipovetsky. Si no conocen a Lipovetsky baste con decir que es un filósofo francés que no gusta del análisis contemporáneo de los filósofos y de los sociólogos ni de la Sorbona, ni de la EHESS (Baudrillard, Barthes, etc.). El libro expresa su punto de vista al respecto de los análisis sociológicos actualmente dominantes sobre la modernidad (léase sociedad liberal, de mercado y técnico-científica). Para él (y a mí me gusta ese punto) hay que evitar los análisis catastrofistas y apocalípticos que se hacen sobre la bien llamada sociedad de consumo, ya que están basados sobre mitos más o menos exagerados, más o menos ridículos, que pretenden explicar el comportamiento del hombre por estos días, y no lo logran ni tan siquiera mediocremente.  
Lipovetsky es muy hábil al bajar la espuma a las críticas marxistas anacrónicas, que condenan la sociedad actual al consumo inagotable de signos, que lejos de satisfacer al consumidor en alguna medida lo alejan cada vez más de la felicidad buscada (y entre más histérico el consumo, más exiguos los beneficios en términos de placer), también desmiente a las escuelas que denuncian la caída de la sociedad actual en una eterna bacanal dionisiaca (¡ya quisiéramos algunos!), con la consecuente pérdida de los valores trascendentales de la humanidad (¿?), para él una sociedad altamente “medicalizada” y un tanto paranoica e hipocondriaca, no podría estar más alejada de los placeres de Dioniso, ni más cerca de Apolo (sí, al estilo de Nietzsche). También se va lanza en ristre contra los que defienden una estructura de superación constante con valores como la competencia y la perfección, que encarnan los ideales modernos; para él, la gente por estos días es más bien perezosa y mediocre, le gusta ver a Superman en la TV pero por nada del mundo se despegarían del sillón para hacer abdominales y lograr parecerse a él un poco. Finalmente desmantela (aunque debería decir sacude, porque a mi parecer esto no lo logra tanto)la idea de la envidia como principio rector de las sociedades de mercado. En resumidas cuentas, hoy en día según él casi nadie es envidioso y a casi nadie le importa el qué dirán (¿será?).
Siempre he creído que en algunos casos, como en éste,  en las ciencias sociales existe una cierta tendencia gratis a buscar un principio rector (uno solo) del comportamiento humano (la física lo hace con la naturaleza probablemente desde Tales de Mileto o al menos desde Newton, invocando consideraciones estéticas y eso no impedía que Richard Feynman lo considerara un error) y que por ende terminan analizando todos los fenómenos desde una perspectiva absurdamente reduccionista, defendiendo hipótesis insalvables, como las que Lipotvesky ataca con tanto éxito. Después de leerlo uno dice: este tipo tiene razón. La figura del hombre moderno acongojado por su propia pobreza en medio de la abundancia, y acompañado de ese drama existencial al mejor estilo de la pobre viejecita resulta patético. Tampoco son mejores los ideales del hombre supercompetitivo con el que no se identifican más que unos cuantos calvos en oficinas corporativas, o unos cuantos niños ñoños confundidos en los salones de clase. La gente por ahí busca trabajar lo menos posible ¿y quién se atreve a censurarlos? 
No obstante, como buen sociólogo (en realidad es filosofo, pero en últimas eso nunca hace ninguna diferencia) el también se ve tentado al reduccionismo del que hablo, y parodiándolo un poco “digámoslo claramente”: el ideal del hombre moderno turboconsumidor, hipermedicalizado, hiperesteticizado, hipersensualista, tampoco agota el esquema (por más turbo-super-hiper que suene), como no lo hacen las corrientes a las que él critica. La gente compra lo que le dicen que compre y no es más feliz, ni más infeliz por eso, el hedonismo no es el pan de cada día, y la paranoia medica y estética (incluso cultural) no es sino producto de la subutilización de tiempo y de otros recursos por parte de  gente más o menos sin condiciones intelectuales, que anda como loca engullendo lo que se le atraviese (LCDs, BMWs, museos, McDonalds, etc.) sin sentirse un ápice mejor por ello. Esa idea de progreso sensualista es un poco traída del pelo. Aunque debo reconocer que el autor es consciente de la imposibilidad de que este sensualismo  dinámico lleve a la felicidad acabada, de forma tal que al final del libro uno se pregunta si el título es “la felicidad paradójica”, en el sentido de que en nuestra era moderna la felicidad es paradójica porque el consumo no ha logrado menguar la eterna desazón de la existencia humana, o “La Felicidad paradójica” en el sentido de que toda felicidad (es decir la felicidad como concepto) es paradójica en su esencia social, al más puro estilo de Rousseau (a quien el autor cita)
El cuatro se lo doy porque me parece que logra en gran parte su cometido inicial de desmitificar un poco las aproximaciones tibias y alarmistas que tiene la sociología francesa contemporánea sobre el tema de la modernidad (¿o posmodernidad? ) y el consumo. No obstante, leer el libro, más o menos optimista en su esencia, al menos comparativamente, no consuela el alma ni un ápice, sobretodo cuando se recuerda que el individuo de masa comprador-histérico o turbo-consumidor como él lo llama, no representa sino a una estrecha minoría de los países desarrollados, y que el problema de fondo, no es que los pobrecitos sientan desasosiego al comprar un Mazda, cuando lo que querían era un Mercedes, sino que hay quienes no pueden comprar ni una bicicleta y que esos son de los que más hay, si tomamos el mundo como referencia y no sólo a Francia y EEUU como en el libro, con lo cual las menos de 15 páginas y algunas referencias sueltas que le dedica al tema de los “menos favorecidos”, no hacen justicia a la magnitud de la importancia que éstos tienen en el asunto. 
El libro es entretenido pero el tufillo de optimismo matizado al final con la dialéctica de la felicidad paradójica no me termina de convencer. No soy pesimista, pero tampoco exageremos. Igual me gustó y el siguiente paso será revisar un poco más de su obra, a ver si en alguna parte habla de lo que faltó aquí. 

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