A veces siento ganas de explotar
y decir mil cosas. Siento que las palabras hacen bulto en mi mente y mis dedos
torpes no permiten que lleguen a tiempo (antes de perecer) a la hoja de papel blanca
y virtual que tengo en frente. Otras
veces siento que no hay nada que decir, que ya todo está dicho, que sólo resta
esperar, primero por la vejez y luego, no mucho más, por la muerte.
Me siento inmortal y joven
perenne, me aterroriza que la muerte igual llegará mañana y que nunca me
avisaron cuando dejé de ser niño. Conservo igual la esperanza de despertarme y
descubrirme acostado en la cama de mis padres viendo televisión mientras espero
a que vuelvan de la discoteca “Oro Puro”, en Montería, con mis muñecos haciendo
un reguero en la cama, mi hermano diminuto y hermoso dormido a mi lado, con
cara de ratón tierno, y el aire acondicionado prendido a su máximo nivel, para
simular que estoy en un desierto helado y no en una noche de 37 grados. Mis
preocupaciones son sólo el examen de biología que en realidad no me preocupa
porque ya todo lo entendí y sé que con leerlo una vez más quedará en mi memoria
por siempre, incluso para cuando décadas después trate de transportarme en el
tiempo, para cuando décadas después mis problemas sean básicamente los mismos,
pero las personas y las situaciones distintas, con menos opciones, por estar
más cerca del final, pero con la insoportable certidumbre de que nunca podré
recorrer todas las que quedan.
A veces quiero escribir y no sé
qué escribir. Entonces escribo lo que siento. Entonces recuerdo que nada más
merece la pena de ser escrito.
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